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Una estatua para Edward Snowden

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Desde donde menos se lo esperaba, le saltó otra liebre al Imperio Espiador. Un contratista de la NSA (siglas en inglés de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos) llamado, como todo el mundo lo sabe, Edward Snowden, sacó a la luz el tenebroso mundo del espionaje global del gobierno del Gran Defensor de los Derechos Humanos y de la Paz, Barack Obama, el salto atrás hijo de los Bush.

Snowden huye en tierras rusas del odio homicida del gobierno norteamericano, sacudido por sus denuncias.

Desde entonces la madeja se ha desenrollado sola para desnudar lo que ese país había anunciado hace poco más de dos años como Guerra Cibernética de alto nivel, para contrarrestar los ataques de los intrépidos jackers que incursionaban de vez en cuando en las cuentas del Pentágono y el Departamento de Estado, dando como resultado la tremenda jaqueca que les produjo el actual inquilino permanente de la Embajada de Ecuador en Londres, un australiano perseguido por la banda imperial, porque echó al viento las porquerías del Departamento de Estado en materia de conspiraciones y componendas de su servicio exterior en todo el mundo.

Ahora la guerra fría en su patio

Pero resulta que tal guerra anticibernética no tiene nada que ver con la consabida “defensa de la seguridad nacional de los Estados Unidos”, sino que más bien es un monstruo global de espionaje de todos los ciudadanos norteamericanos y de numerosos otros países, incluyendo a sus propios aliados o cómplices, lo que en el pasado los propagandistas del Imperio atribuían a la Unión Soviética, como mecanismo “para dominar el mundo”.

Ahora muchísimos norteamericanos agradecen a Snowden su valiente denuncia de tal monstruosidad contra sus propios ciudadanos.
Falta poco para que le instalen una estatua en el propio Parque Central de Nueva York, por su defensa no sólo de la privacidad y la libertad que garantizan la Constitución de su país, sino también por la defensa de la imagen de los Estados Unidos en el mundo, sometida hoy a los más duros epítetos por semejante violación de uno de los derechos humanos más sentidos.

Y no se trata sólo de la privacidad de la gente, de todos, que es bastante decir, como veremos más adelante. La cosa es mucho más grave.

Además, para completar el cuadro dantesco del despilfarro, el enorme aparato de espionaje global consume cientos de miles de millones de dólares de un país súperendeudado y quebrado económicamente.

De caricatura a retrato

Es como si ahora su gobierno hubiera considerado a su propia población como “enemiga” a la que hay que espiar en todo lo que hace, lo que piensa y con quién se comunica, pues los teléfonos, los correos electrónicos y hasta la vida privada son del dominio del monstruoso aparato de espionaje electrónico.

La caricatura que durante 80 años hizo de la URSS en los medios, ahora es una dolorosa realidad en su propio territorio… y mucho más allá de sus fronteras.

Los chistes al respecto son un escape de la indignación colectiva. “Todo bajo control”, parece ser ahora la siniestra consigna de ese gobierno que también tortura en Guantánamo, usa drones para matar a distancia y a su propio criterio, de la manera más impune y criminal imaginable.

Crimen e impunidad

La impunidad al respecto de todo esto es lo que se pone de bulto en esta sórdida conducta de un imperio que tiene todos los signos de su franca decadencia moral, económica y política.

Lo peor del mundo son sus obsecuentes y fanáticos defensores y seguidores, incluso pese a ser espiados también para controlar sus vidas y lo que hacen o dicen.

El espionaje global es el nom plus ultra de un imperio en picada. La caída libre se expresa también en las vergonzantes alianzas con el terrorismo internacional que dice combatir.

Robar y matar: sus objetivos

Primero en Libia y ahora en Siria, Estados Unidos y sus detestables aliados europeos y árabes ultraderechistas, quienes violan los derechos humanos en sus países de la manera más grotesca y pública, son sus cómplices en las aventuras bélicas, cuyo propósito abierto y descarado es la apropiación por la fuerza de los recursos naturales ajenos.

Para lograrlo deben matar y devastar civilizaciones antiguas como la de Irak y Afganistán, Siria y Libia.

Robar y matar son los propósitos confesos de una agresiva banda internacional llamada OTAN, a los que algunos gobiernos ladrones quieren pertenecer, para tener la protección armada de esa banda criminal.

Snowden se merece esa estatua que algún día colocarán cerca de la Casa Blanca, para aliviar la conciencia de una civilización cuyos salvadores verdaderos son perseguidos por una justicia al servicio de los poderosos saqueadores de otros pueblos y de los suyos, a los que exprimen y roban su futuro.

Minsk, noviembre de 2013. 

Américo Díaz Núñez / Periodista, Venezuela

 

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